Los niños y adolescentes quieren verse guapos. No quieren quedar con los colegas y que, al reírse, se les vea unos hierros feos alrededor de los dientes, porque enseguida dejan de sonreír y tapan su boca, como si eso fuese algo vergonzoso que no debe ver nadie. A pesar de que les esté corrigiendo sus dientes, a pesar de que sea una ayuda para ellos, cuanto menos se les vea, ¡mucho mejor!
Ahora, con la implantación de la ortodoncia invisible, muchos adolescentes prefieren esto a la vieja ortodoncia. El otro día, mismamente, me encontré, cuando fui a comer con mis suegros, la parte de abajo de una ortodoncia invisible en la mesa: o sea, alguien había comido, se la había quitado y la había dejado olvidada (eran adolescentes, me fijé antes de que se fueran).
Eso me hace preguntarme: ¿de verdad ellos tienen que poder elegir qué prefieren? ¿A pesar de todo, a pesar de su salud? ¿Aunque no tengan la cabeza en su sitio para cuidar de algo tan caro como lo es esos aparatitos que corrigen su sonrisa? Bueno, pues os lo puedo contar de mi primera mano por una cosita que me pasó con Hugo, mi querido sobrinito que, ahora… tiene ya 18 años y no quiere ponerse brackets.
Vamos a verlo…
“Brackets ni de broma”
En cuanto el dentista mencionó que Hugo debería ponerse ortodoncia, ya supe que se iba a liar. De hecho, os lo juro, en cuanto escuchó la palabra brackets, ya puso una cara que dejaba clarísimo que no lo iba a permitir. Él fue bastante claro, nunca ha tenido problemas para decir lo que piensa, de hecho, así que no tardó nada decirlo: no se iba a poner “esas cosas”.
Dijo que todos sus amigos le iban a hacer fotos, que ellos salen por ahí, que se graban vídeos, y que no le apetecía nada verse con los dientes con esos hierros feísimos que tenían que ser súper molestos e incómodos. Yo lo escuchaba aguantándome la risa, porque, sinceramente, pienso que los brackets tienen que ser muy incómodos.
La conversación se alargó un rato porque los adultos intentamos explicarle que la ortodoncia le iba a ayudar a que sus dientes ya no estuvieran torcidos, que era algo que a él siempre le había disgustado mucho y, aunque lo entendió perfectamente, siguió insistiendo en que sí que quería arreglarse la boca sí, pero con los brackets metálicos no.
Ahí fue cuando el dentista intervino y nos habló de la ortodoncia invisible. Hugo dijo que algunos amigos suyos la llevaban y que apenas se notaba, que no se acordaba de ellos, pero que, si existían de verdad y le podían ayudar con sus dientes sin que se notase, entonces sí que le interesaba hacer la prueba.
La magia del adolescente es increíble: si le dices tú que se lo ponga, se termina todo con una discusión. Pero si le das la posibilidad de que sea él quien decida… coopera.
Eso ya empieza a responder una parte de la gran pregunta del artículo.
La ortodonvia invisible tiene muchas ventajas, y NO se notan
A partir de ese momento, Hugo empezó a ver que de verdad podía arreglar aquello que tanto le molestaba sin ser “un monstruo” para sus colegas, así que empezó a buscar información en casa por todas partes antes de tomar la decisión: buscó en internet, en wikipedia, lo habló con amigos que ya lo tenían puesto… Total, que se interesó, y de verdad.
Un día se sentó conmigo y me empezó a contar cómo funcionan los alineadores transparentes. Creo que necesitaba hablarlo con otra persona que no era su madre para ver si se conveía, pero yo asentí y le escuché, aunque no me interesara mucho el tema. Total, que Hugo me explicó que estos aparatejos se cambiaban cada cierto tiempo, que modían los dientes poco a poco, pero que no hacían ningún daño y, lo mejor de todo, que casi no se veían cuando los llevabas puestos. Creo que esa es JUSTO la ventaja que más le interesaba a él, pero a mí, con que cuidase de su salud, ya me valía. Me hizo gracia verlo tan metido en el tema, porque normalmente para hablar de estudios me cuesta mucho más que se enganche así.
Ese cambio de actitud me llamó bastante la atención, porque antes de que le hablase el dentista de las ortodoncias invisibles veía el tema como si se lo estuviésemos intentando poner nosotros a la fuerza, y juro que jamás ha sido así. Solo estábamos preocupados por él. Pero ahora, gracias a todo eso, ya lo ve como algo que él puede elegir, más que una imposición. Y eso le ayuda.
Le vi un día cotillear en la red sobre cuántas horas tiene que llevarlos puestos, si se pueden quitar para comer, qué ocurre si se te olvida ponértelos un día… Creo que se empezó a interesar de verdad en el tema, así que se lo conté a mi hermana para que estuviese preparada.
También vio qué era lo más pesado del proceso
Bueno, como tía suya que soy, quise aligerarle un poco el trabajo malo a mi hermana y me propuse explicarle yo lo que era más feo de este asunto. Porque, aunque los alineadores se vieran casi nada, también tenían sus reglas.
Me senté con Hugo y le expliqué que los alineadores había que llevarlos muchas horas al día, que no valía quitárselos cada dos por tres ni dejarlos por cualquier sitio, porque eran pequeñitos, tansparentes y muy fáciles de perder (como lo que le pasó a la del Burger King). Al principio empezó a soltar sus tonterías de adolescente de “Yo sé más que el mundo entero”, pero poco a poco fue cayendo en la cuenta de que es cierto, que hay que ser responsable con el temita.
Tenía que acordarse de quitárselos solo para comer, guardarlos siempre en su caja y volver a ponérselos después de cada comida. Ah, también le conté lo que me pasó aquel día en el restaurante, con la férula olvidada en la mesa, para que lo tuviese en cuenta. Le dije que si alguien se olvidaba algo así, luego venían los problemas, porque esos tratamientos no son baratos, precisamente, aunque él no fuese quien se encargase de pagarlos. Y claro, Hugo se empezó a reír imaginándose la escena y pensando “yo nunca haría eso”. Pero seguro que esa persona en el Burger tampoco pensó en olvidárselos, y lo hizo.
Hora de la decisión
Tras toooodas estas charlas, Hugo empezó a tomarse el tratamiento de otra forma, se le notaba, porque ya no se ponía tan chulito ni tan borde. Ya no decía “¡No me vais a poner esos hierros!”, sino “Cuando me ponga la ortodoncia…”.
Mi hermana había estado escuchando varios días nuestras conversaciones sin intervenir, pero creo que en ese momento quiso que Hugo se hiciese consciente y tomó la palabra de forma muy seria. Se sentó con él y le explicó claramente el tema de los gastos, lo caro que era todo el tratamiento, y que no era un juguete ni algo que pudiera ignorar o perder, porque no podía pagarlo de nuevo y podría perder la opción de cuidar y sanar sus dientes. Le dijo que la ortodoncia invisible era buena para su salud y para su sonrisa, y que tenía que verlo como algo positivo, no como una obligación pesada. Que, lo mejor para él, es que lo tuviese encuenta siempre, porque ella quería lo mejor para él.
Le explicó que, si la descuidaba, todo el esfuerzo y el dinero invertido en ese tratamiento se perderían para siempre, porque ella, que es limpiadora, no gana tanto dinero como para poder pagar lo mismo dos veces. Le dijo que cuidar los alineadores era lo mejor para asegurarse de que su boca quedara bien. Creo que nunca he visto a mi sobrino tan serio escuchando a mi hermana, asintiendo, y sin replicarle. Creo que de verdad entendió lo que le estába diciendo, y menos mal… porque de verdad que mi hermana no puede permitírselo.
Su madre remarcó que, al decidir llevar la ortodoncia invisible, tenía que comprometerse a usarla, a limpiarla y a no perderla. Y Hugo estuvo conforme.
No todos los adolescentes están preparados para algo así
Este es un tema que me ha hecho reflexionar mucho sobre el tema de los adolescentes, si os soy sincera, y me hecho hacerme varias dudas que me gustaría compartir con vosotros. ¿Deberíamos dejar que los adolescentes participen en decisiones de mayor peso relacionadas con su salud? Porque no es solo elegir entre brackets o ortodoncia invisible, es todo un tema de responsabilidad y consecuencias. Darles voz puede ser positivo, pero también implica riesgos.
Si se les permite decidir, aprenden a hacerse responsables y a comprender que algunas acciones tienen consecuencias, buenas y malas, y eso es algo muy bueno que debrían de aprender… pero no todos están preparados para eso. Muchos pierden cosas, se distraen o no calculan bien las consecuencias de sus actos. Bueno, a algunos la verdad es que les da exactamente igual esto último. La experiencia con algo como la ortodoncia invisible funciona bien para algunos, porque entienden que descuidarla afecta su tratamiento y su salud bucal, pero para otros podría ser un desastre si no tienen constancia.
Entonces me surgió otra duda: ¿deberíamos obligarles a seguir reglas estrictas hasta que sean responsables? ¿O es mejor empezar a darles pequeñas decisiones para que aprendan por sí mismos poco a poco? Creo que la respuesta nunca será sencilla, porque un adolescente nunca será como otro, y pueden tener evoluciones distintas: por ejemplo, algunos saben organizarse, cuidar de sí mismos y valorar lo que cuesta un tratamiento… y otros necesitan vigilancia siempre.
Por eso pienso que no se trata solo de escuchar lo que quieren, sino de mirar bien si preparados para tomar de verdad esa decisión. Algunos pueden asumirlo sin problema y aprovechar la oportunidad, y otros todavía necesitan que alguien les marque el camino mientras aprenden a tomar decisiones por sí mismos, sobre todo a ciertas edades en las que aún no han alcanzado del todo la madurez que necesitan para ello.
El dentista también tiene mucho que decir
También hay que tener en cuenta que esta decisión no puede tomarla solamente Hugo, aunque hubiese montado algo gordo por no querer ponérsela. El dentista es quien sabe más de este tipo de tratamientos, y, como sabrás, cada boca es diferente y no todos los tratamientos van a funcionar ni van a valer para todos. Mientras que la ortodoncia invisible puede funcionar muy bien en Estefanía, mi hermana, quizás por algo que yo no sé puede NO valer para Hugo, auqnue sea su hijo, aunque tenga dientes parecidos. Él sabe más que nosotros de esto.
Russo Dental, clínica dental en Alicante centro con gran experiencia en estos temas, aconsejan siempre escuchar al especialista, aunque su respuesta no les guste a tus hijos y entren en cólera. Nos explican que el profesional va a analizar los dientes, la mordida y, en base a todo eso, nos explicará qué opciones funcionan mejor en ese caso en concreto. No porque el adolescente quiera una cosa u otra el dentista se la va a conceder, el dentista le explicará qué le conviene más y qué es mejor a su circunstancia.
Cuando el dentista nos explicó a nosotros que la ortodoncia invisible podía ser una opción para Hugo, él se puso contentísimo, pero entendió que, si el dentista no lo hubiese visto oportuno, no se la habría ni ofrecido, ni le habría sacado el tema. Entonces, era que sí le valía. Eso es lo que hay que tener en cuenta cuando dejas a un adolescente decidir sobre su salud: el profesional sabe más que él, y, por supuesto, MUCHO más que nosotros.
La mejor ventaja de los brackets
El dentista nos explicó, en contraposición, que los brackets tenían una ventaja muy buena que no ofrecían los alineadores invisibles, y es que, una vez que se ponían, como estaban sujetos a los dientes, siempre estaban trabajando. No se ponen, no se quitan, siempre están ahí: cuando comes, cuando te duchas… así que perderlos es difícil. Pero no es solo eso: es que nunca dejan de funcionar, por lo que el resultado es mejor. Aun así, esto no le gustó a Hugo, porque no quería ver a los brackets ni en pintura.
En cambio, con la ortodoncia invisible, si los alineadores se pasaban demasiado tiempo fuera de la bocael efecto menguaría, porque trabajarían menos tiempo. Entonces, la eficacia dependería más de que el adolescente se los pusiese a menudo y SOLO se los quitase para comer… que del aparato en sí mismo. El resultado dependía 100% de Hugo. Y, claro, con adolescentes eso podía ser un riesgo, porque no todos eran tan disciplinados.
Por eso algunos dentistas siguen recomendando los brackets, porque funcionan constantemente y no necesitan que el adolescente se tenga que acordar de ponérselos.
La mejor decisión: un poco de todo
Pienso que lo mejor es que barajes por tu cuenta qué es lo mejor: tú conoces a tu hijo, sabes si es responsable o no, sabes si se va a implicar… incluso sabes si va a tener un berrinche de campeonato si se le dice que se va a poner brackets sin darle la opción a decidir.
¿Qué te compensa más? ¿Qué es mejor para él? ¿Y para ti? Habla con el dentista también por tu cuenta, y deja que él te oriente. A veces es mejor pasar un mal rato, pero tener un buen resultado, que dejar que él tome la decisión, y que todo acabe en sacos rotos.


